He escuchado a mis amigos leerme sus cuentos, contarme sus tramas. Los he leído y alabado, sintiendo siempre en lo más profundo de mi alma una envidia que difícilmente podría calificarse como sana. ¿Por qué ellos tenían la habilidad para hacerme emocionar y sus personajes tenían la capacidad para mostrarse tan reales y hasta palpables? Ellos los describían a la perfección, yo creía que conocía a sus personajes, terminaba haciéndolo: sus virtudes y defectos, sus debilidades y fortalezas, toda su personalidad.
Quizá era esa la diferencia: sus personajes tan hábilmente narrados tenían eso, una personalidad de la que estaban seguros y hasta orgullosos; los míos sólo se presentaban, inseguros y superficialmente, casi tímidos de que su única lectora (yo, cuando releía mi obra buscando todos los errores para finalmente despedazarla despiadadamente) los menospreciara. O tal vez la diferencia se encontraba a nivel de los autores. Es probable que sus personajes se conocieran a sí mismos a medida que eran descriptos, de la misma manera en que sus creadores se conocían en lo más profundo. ¿Cómo dotar de un carácter firme y decidido a mis pequeñas criaturas si yo misma no conozco si lo tengo? ¿Cómo presentarlos en todo su esplendor, con infinidad de detalles acerca de ellos si mi timidez se reflejaba en ellos? Quiero decir: me avergüenzo de mí misma, no dejo que los demás me conozcan porque debo aparentar en todo momento que soy fuerte, no puedo darles una ventaja sobre mí. Es entendible que mi instinto maternal entonces me lleve a proteger a mis pequeños, a ellos que salen del fruto de mi mente. No carezco de imaginación, sólo soy demasiado sobreprotectora. De la misma manera en que lo hago conmigo, me dedico a no dar detalles que puedan volverlos vulnerables ante miradas ajenas. Sólo yo los conozco, y en una postura egoísta, me aseguro de que nadie más que yo lo hará.
Sin embargo la envidia me llevó a crearla perfecta: una muestra de que ella podía ser mejor que todos los que habían competido contra ella a través de mi retina.
Nació predestinada a ser importante, reconocida. Amada u odiada según fuese el caso del que la conociera. Nació sin complicación alguna, entre llantos y fuertes emociones, tan esperada era. Debo decirles que su madre había sido paciente, la había imaginado tantas veces y, otras tantas, había llegado a desesperar, sintiendo que el día de su llegada parecía no acercarse nunca. Pero al fin la tuvo consigo y se maravilló con su presencia. ¿Cómo no hacerlo si era perfecta? Un bocatto di cardenale, habían dicho, pues así era: sumamente digna y bella.
Predestinada, decía, a la grandeza desde su creación, fue formada para tener una gran sabiduría, leyendo y pensando acerca de todo lo que ocurría a su alrededor. Sí, fue sabia y quizá me atrevería a decir que lo fue demasiado. Tenía una rapidez mental que no había sido prevista en el momento en que fue siquiera deseada.
Es que les diría que nunca alguien puso tanto esfuerzo y energía en querer a alguien, en crearlo y criarlo. Amada fue, sin duda y por muchos, pero nadie la ha amado tanto como aquella que le dio vida y no dudó un segundo que si era necesario dejar la suya propia por su bien, lo haría. Quizá recibió demasiado amor y eso la convirtió en alguien demasiado seguro de sí mismo. Se la rodeó de los mayores elogios que se pudieron y eso hizo que su ego creciera. Con razón digo que no conocí jamás a alguien tan egocéntrico ni tan orgulloso de sí mismo y de sus logros. Pero cómo no iba a sentirse así si constantemente se exaltaban sus aptitudes.
Sin embargo, de la misma manera en que se la elogiaba, se le exigió ser perfecta. Si quería escuchar que lo era, debía comportarse a la altura de las circunstancias. No podía decepcionar a nadie, pues había sido creada con el objetivo de llenar todas las expectativas. En este detalle radicaba su mayor debilidad: si sentía que no cumplía con todo aquello que se esperaba de ella, se sentía demasiado triste como para seguir adelante. Pero con el tiempo se reponía, sólo necesitaba una caricia o una palabra bonita y en su cara reaparecía una sonrisa.
¿Cuánto puede aguantar un ser la persistente exigencia de representar la perfección? Si la misma no es real, ¿cómo puede alguien describirla entonces? Pero cuando se la creó se puso tanto empeño en que fuera perfecta
¿significaría eso que había que hacerla real también? Que lo sea entonces. Que sea real, genuina y auténtica, que no sea una mentira producto de una imaginación solamente. Que sea real.
Demasiado quizá se deseó su existencia y eso la corrompió. En la mente, en el plano espiritual su perfección fue indiscutible. El mundo sensible es sólo una versión distorsionada de las ideas, recordé apesadumbrada la noche en que la ví.
Demasiado segura de sí misma, me reclamó que le diera allí también todas sus cualidades.
- No se puede le dije sos independiente de todos mis pensamientos. Así lo quisiste en mi mente, reclamaste la realidad de tu hermosura y de tus dones.
Sus ojos, furiosos, me fulminaron con un odio que jamás creí que vería en mi bella criatura. Caprichosa porque siempre todo se lo di, exigía hasta lo imposible. Y me transformé en un monstruo desalmado al no darle su último capricho. Le di un poco de ambición en mis sueños y la realidad me la devolvía como una fiera codiciosa, que necesitaba más, mucho más de lo que mi débil mente podía darle.
No se podía, mi hermosa niña, uno no puede tener todo lo que desea. Entiendo que tu ego te lo reclamara, entiendo que me lo reclamara a mí. ¿Nada era suficiente? Al parecer no tengo la suficiente imaginación como para pensar cada detalle tuyo, debo haber pasado por alto algunas cosas que consideré triviales pero que al verte enfrente mío pienso que debí haber tenido en cuenta. Quizá no habrías estado tan enfadada, tal vez no me habrías odiado tanto si lo hubiese hecho. Lo siento, realmente lo siento.
Se acercó rápidamente, sin que el odio en sus ojos desapareciera, sin la dulzura que pensé que tendría una vez que estuviera a mi lado. Quise abrazarla para contenerla pero me empujó, me tiró contra el guardarropa con inmensa ira.
- ¡Pero no es para tanto! grité con desesperación - ¡¿Qué es lo que pasa?! ¿Qué es lo que no podés entender? ¡Yo puedo explicarte! pero a mis oídos volvió la voz de una maestra de primaria, diciendo que no puede preguntársele al autor ningún significado, que cuando una obra se finaliza, toma vida propia. Mi amado personaje la tenía, ¿cómo brindarle ahora las respuestas a lo que no sabía porque yo había sido tan torpe como para no pensarlo al momento de imaginarla?
No dijo nada, sólo atinaba a atacar. Demandaba todo lo que no era y lo que yo no podía transmitirle. Mariano entró en ese momento al estudio en el que yo pasaba mis tardes deslizando palabras buscando pertenecer a la historia literaria. Mi obra lo miró y, celosa, se abalanzó sobre él tomando en sus manos la pequeña mesa ratona que, en un rincón de la habitación, era con los tres sillones que la rodeaban, el lugar donde mis invitados más íntimos y yo charlábamos y discutíamos sobre los libros que adornaban mi biblioteca. La había creado fuerte, con unos brazos seguros de la fuerza que contenían.
Atacó así a Mariano, que sólo alcanzó a cerrar la puerta detrás de sí, escapando y dejándonos a nosotras solas encerradas en el estudio. Mi obra trataba de tirar la puerta en el momento en que mi esposo gritó que iba a llamar a la policía.
- ¡No! grité yo también - ¡No lo hagas! ¡Si vienen, van a lastimarla! mi instinto maternal sobreprotector regresó de improviso, como para recordarme aquello que siempre había temido. Mi obra ahora era lo suficientemente real como para volverse vulnerable a los ataques de terceros.
Entendí que no podía dejar que otros la lastimaran. Era todo mi culpa, todo era producto de mi ambición y de la envidia que había tenido al leer personajes que se me antojaban demasiado reales. Ahora veía a mi ambiciosa creación volverse contra mí, contra Mariano. ¿Qué valía más entonces? ¿Mi estúpido sueño de combinar mi abogacía con las letras o la familia que íbamos a formar con Mariano con la ayuda del ser que habitaba mi vientre? Comprendí que no podía dejarla en libertad. Decidí cambiar una hija por otra y perdí parte de mi alma.
Tembló del miedo en el momento en que me vio tomar las hojas que relataban toda su historia, al parecer incompleta, entre mis manos. Gritó más fuerte que antes y me arrojó la mesa, intentando defenderse. No la culpo, fue en defensa propia. Pero mis reflejos siempre fueron excelentes y me tiré, arriesgando a mi futura niña, detrás de uno de los sillones buscando su refugio.
Existen dos sonidos que nunca olvidaré, han marcado mi vida, me han llevado a temerle a la literatura hasta el día de hoy. Jamás van a borrarse de mi mente sus últimos gritos frenéticos en busca de su salvación y aquél que indicó la mía y la de mi familia: las hojas rompiéndose al unísono asesinándola con mis propias manos.














Comments
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Ahora, como comentario personal, yo hubiera elegido el fuego como medio para la destrucción.
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"If history is to change, let it change!
If the world is to be destroyed, so be it!
If my fate is to be destroyed...
I must simply laugh!!" - Magus
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.:*Alhana Starbreeze*:.
Saving my pride, but losing my soul
Y es una excelente idea la del fuego. Pero supongo q tuve q pensar en algo que sea más rá
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.:*Alhana Starbreeze*:.
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PD: No odiás que por escribir correctamente te aparezca una carita pedorra en medio de las palabras?
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