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Alberti Norte - 1ra version by ~alhana-starbreeze:iconalhana-starbreeze:



Cuando me subí al colectivo, revisé mi billetera en busca de las monedas suficientes para el segundo viaje que debía hacer porque no tengo uno directo hasta Recoleta. Miré muy superficialmente y calculé que tendría como mucho cincuenta centavos. Llamé a Juan y le pregunté si él tenía monedas para prestarme cuando nos encontráramos en ese punto medio que habíamos fijado para subirnos al segundo colectivo. Dijo que no. Vi el billete de cincuenta pesos que sobresalía y concluí que ningún kiosquero me lo aceptaría. No tenía manera de conseguir monedas, necesitaba una alternativa al colectivo.
Habían pasado unos minutos de las cuatro de la tarde cuando nos encontramos en la estación Carabobo del subte A, que al fin y al cabo era unas cuadras más allá de donde habíamos arreglado encontrarnos. A medida que bajábamos las escaleras, Juan dejó de tomar su gaseosa para preguntarme si conocía la estación fantasma de la Línea A.
- ¿Cuál estación fantasma? – contesté con una pregunta.
- Entre Alberti y Pasco hay una estación abandonada.
- Viajé toda mi vida en esta línea y jamás ví ninguna estación abandonada entre esas dos – le dije
- El otro día leía sobre la leyenda de los dos obreros que murieron ahí. ¿Tampoco sabés nada de eso? – me preguntó dándose vuelta mientras pasaba por el molinete.
Puse mi tarjeta del subte en la lectora y lo miré. “No, no sé nada. Y además… no creo en esas cosas”, le contesté mientras me adentraba en la estación y cambiaba de tema.
Mi última frase era la pura verdad: esa clase de mito se me antoja como cuento para niños, de esas que se relatan en los campamentos mientras una linterna alumbra al que lo hace para darle quizá un aspecto más tétrico que jamás se logra. Recuerdo el que tuvimos en cuarto grado, cuando Jimena cumplió paso por paso todo aquello: esperó a la medianoche, que todas estuviéramos en la carpa y entonces encendió su linterna. Acurrucada en mi bolsa de dormir la observé, la escuché contar la historia del fantasma de Recoleta, la chica que estando muerta conocía a un muchacho en un boliche y le daba su campera sólo para que él descubriera la verdad al otro día cuando iba a devolvérsela. Algunas se estremecieron, yo me limité a dar media vuelta y esperar a ser la segunda que se durmiera ya que es sabido que a la primera la llenan de maquillaje y otras cosas de colores. En mi indiferencia quedaba demostrado algo: no me interesan esas historias, no me atrapan y no me preocupan tampoco.
Cuando bajamos las escaleras del subte y cuando creí que el aburrido tema había quedado atrás, Juan arremetió:
- Yo sí creo.
- Te felicito, Juan. A mí no me importan esas cosas.
- Pero te digo que hay una estación abandonada, donde se pueden ver los obreros. Cuando estás llegando, dicen que se apagan las luces para que no puedas verla.
- ¿Y entonces cómo se pueden ver los obreros si no podés ver la estación? – le pregunté, sarcástica.
- Eh…. No sé – me dijo – El tema es que los dos tipos murieron ahí en la construcción. Dicen que aquéllos que tienen el alma en pena los pueden ver.
- Ahí tenés, estoy contenta con mi vida y mi alma debe estar muy contenta, porque nunca vi ninguna estación, Juan.
Las puertas del vagón recién llegado se abrieron ante nosotros y yo pasé primero. Busqué un asiento contra la ventana, del lado norte del subterráneo mientras pensaba que si existía una estación a la que llamaban “fantasma” era porque realmente debía existir una abandonada. Mentalmente le concedí ese punto mientras negaba la existencia de los espíritus de los obreros.
- Te quedaste pensando. – me dijo cuando se sentó
- No digas estupideces, no me quedé pensando nada.
- Como digas… - me contestó y miró para otro lado, solo para volverse y agregar: - ¿vos mirás para la izquierda y yo para la derecha?
- Bueno. – le dije. Acepté mi rendición ante su perseverante ilusión infantil.
No le reconocí que dentro de mí había empezado a crecer la intriga por la estación abandonada que, distraída quizá, nunca había visto en el subte. Sólo quería ver dónde se encontraba.
Pasamos Primera Junta y Acoyte. Me preguntó cuántas faltaban y me limité a señalarle el cartel con todo el recorrido. En voz alta dijo “cuatro” y los ojos le brillaban como a un niño pequeño. La curiosidad le corría por la sangre y lo emocionaba. Sonreí y miré por la ventana el cartel que, mientras el subte paraba y la gente subía y bajaba, anunciaba “Río de Janeiro”.
Juan miró a las personas en la puerta y preguntó: “¿por qué toda la gente que espera el subte nunca se da cuenta de dejar bajar a los que están arriba para recién ahí empezar a subir? ¿No se dan cuenta de que si no bajan nunca van a poder tomarlo?”. Le contesté que adhería a su pregunta y que tampoco lo entendía, su pregunta nos llevó por las ramas. Discutíamos sobre el egoísmo y el individualismo del ser humano cuando nuestro vagón dejaba atrás Loria.
En Plaza Miserere ya nos habíamos olvidado de la estación fantasma o simplemente abandonada y de los obreros allí fallecidos. Juan miraba hacia la derecha del subte mientras éste comenzaba a moverse nuevamente. Yo miré hacia la parte norte y vi en medio de la oscuridad, cuando las luces titilaron, la cerámica en las paredes de una estación vieja.
El tiempo transcurrió lentamente a pesar de la velocidad característica del subterráneo. No parecía una estación normal, parecía la mitad de una. A metros de mí, por la ventana sólo pude ver un andén abandonado desde hacía años. Algo que jamás había visto en todas las veces que había viajado desde Primera Junta hasta Plaza de Mayo. Fue eterna y la miré alejarse en silencio. Juan, a mi lado, miraba en la dirección opuesta. No vio la media estación que como yo visualicé como en un sueño. Sólo se dio vuelta cuando llegamos a Pasco y me dijo que no había visto nada al final.
- Yo tampoco – le contesté y seguimos charlando.
Creo que fue la intriga la que pudo más que mi cansancio esa tarde, cuando en vez de tomarnos dos colectivos para volver de Recoleta, le sugerí que tomáramos nuevamente el subte. Alegué que quizá viajando en la dirección contraria viésemos algo. Quería volver a ver aquella media estación (o por lo menos lo que yo creía que era), necesitaba asegurarme y confirmar qué era.
No conté con que no iba a pasar por el mismo lugar en el viaje de vuelta. Nunca se me ocurrió pensar en que los túneles de la línea A eran más de los que yo creía y que una pared me iba a tapar mi visión.
Buscamos, estratégicamente, el primer vagón y un asiento del lado norte. Juan se sentó contra la ventana mientras la ilusión de ver por primera vez dos fantasmas se apoderaba de él.
Supongo que fueron sus ojos, abiertos desmesuradamente, lo que me alertaron. Luego, lo fueron las luces del subte que se apagaron. A nuestra derecha vimos la media estación que debía ser lo que antes había visto en el primer viaje. Estaba semi-iluminada con el andén por la mitad, parte de la iluminación surgía desde la pared.
Estaba por contarle que era lo que había visto cuando ahogué un grito. En la penumbra de la media estación abandonada, una figura humana que no podía distinguirse nítidamente se movía.
Una pared ocultó el túnel de la media estación, sólo apto para el subterráneo que viajaba al centro. Con Juan nos miramos; yo incrédula y él asombrado, a punto de decirme “te lo dije”. A pesar de la poca luz y de los segundos de los que dispusimos para verlo, claramente vimos tenía un uniforme de obrero del subte.
Ninguno de los dos habló hasta que en Carabobo terminamos nuestra expedición vespertina por la línea A. Cuando estábamos saliendo de la misma subiendo por la escalera mecánica, incapaces de tener la fuerza como para subir una escalera normal por nosotros mismos, Juan habló.
- ¿Y? ¿Qué me decís? – preguntó - ¿Son cuentos de niños?
- No… - balbuceé – debe tener una explicación, no puede ser real…
Mi orgullo era demasiado grande como para aceptar que había vencido mi escepticismo con lo sucedido en el subte, no podía aceptarlo. Juan estaba satisfecho, lleno de júbilo se regordeaba de haberme presentado no sólo una estación nunca antes vista sino la presencia de un ser del más allá, atrapado en lo profundo de un túnel.
Comencé a creer en lo que se decía. ¿Realmente tendría un corazón triste que me permitía ver esa clase de fenómenos? ¿Sería real? Juan insistía en que sí.
Me acompañó a tomarme el colectivo de vuelta. Ya volviendo a casa, miré a mi alrededor. El colectivo, lleno de gente. ¿Sabrían ellos de la veracidad de uno de los mitos poco populares de esta ciudad? ¿Serían ellos tan incrédulos como yo? ¿Qué pensarían si les dijese, si se enterasen? Mientras me sentaba en un asiento que acababa de liberarse, sentí que el cansancio del día me envolvía. Apoyé la cabeza contra el vidrio y decidí dormir por la siguiente hora de viaje.
Soñé. Las puertas se abrían y mi estación tenía las luces apagadas. Un trabajador del subte agachado a mi izquierda levantó la vista y me miró sombrío. Me dijo que no debía estar allí. La pared dejaba entrever una luz al otro lado. Le pregunté cómo hacer para atravesarla y llegar a la luz, pero desapareció y desperté cuando mi mamá me llamó al celular en ese momento.
- Voy a llegar más tarde, ma – le informé – necesito buscar algo antes.
Me bajé corriendo y así también bajé las escaleras del subte. Vi una formación que se alejaba de la estación rumbo a Plaza de Mayo y me detuve a esperar la siguiente.
Cuando llegaron, me acerqué al maquinista.
- Necesito un favor – le dije. Saqué mi carnet del diario de entre mi cartera. – Soy periodista… Necesito hacerte unas preguntas sobre el subte.
- No puedo
- Tranquilo, no se trata de las medidas sindicales de la semana pasada – aclaré – es sólo un informe sobre los mitos urbanos – le conté sonriendo.
- ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? – me preguntó
- La estación entre Alberti y Pasco… - comencé a decirle.
Sonrió y me dijo “ya entiendo… subí”. Entré a la cabina desde donde maneja su formación. Marcelo no dijo una sola palabra mientras se concentraba en la vía. Pasamos una a una las estaciones hasta Plaza Miserere, no me atreví a preguntarle nada. Cuando volvió a andar, y antes de que empiece a vislumbrar la media estación, habló y empecé a grabarlo.
“Ahora voy a desacelerar. Eso produce que las luces momentáneamente se apaguen. Y eso que buscas es una estación en desuso, clausurada hace más de cincuenta años. Alberti es sólo una estación del lado sur, ¿sabías?” Asentí, lo que hizo que Marcelo prosiguiese. “Pero hasta un momento existió Alberti Norte, la versión opuesta a la que hoy todavía existe. Hoy en día está oculta y como a esa altura bajamos la velocidad para que lo vea algún que otro obrero que está ahí, las luces se apagan e impiden verla con claridad. No, no es ningún obrero fantasma, es que nosotros solemos ir allí porque hoy detrás de las paredes que la tapan, la estación funciona como depósito”.
Bajé en Congreso, satisfecha y rehice el trayecto hasta poder tomarme el colectivo que me llevara de vuelta a casa. Allí pasé la grabación a la computadora, al tiempo que escribía en el correo en que la adjuntaría: “Lo lamento, Juan, pero me empeñé en llegar a la verdad del asunto sólo para demostrar algo: no sólo que siempre tengo razón sino también que en esas cosas no creo simplemente porque estoy segura de su inexistencia“.
:iconalhana-starbreeze:

Author's Comments

Primera versión, escrito en el trabajo.

Acepto críticas, sugerencias y/o acusaciones de plago (?).

Ya lo revisaré y subiré la versión final =)

Comments


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:iconsurunkeiju:
Ja!! cuánto de verdad hay en esto? porque en Recoleta hablaste de la estación :P
Está muy bueno ^^
En esa línea lo único que vi en el medio eran vagones, pero ni sabía del mito de la estación o no me lo acordaba.
Lo único que sé es que me encanta ver el recorrido con la ventana abierta del último o primer vagón.

Sabes una cosa?
Yo creo en el Minotopo (?)

XD

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:mangapunksai::blackrose:Ashe~Surun Keiju:blackrose::mangapunksai:
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:iconalhana-starbreeze:
XD XD La mayoría es posta xD Cuando volvimos la vimos =D pero no era fantasma :( xD

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.:*Alhana Starbreeze*:.

Saving my pride, but losing my soul
:iconsurunkeiju:
Nunca se sabe...capaz que si...pero es muy real...como Bruce Willis en Sexto Sentido oooo Nicole Kidman en Los Otros.
Capaz que creen que esos obreros están vivos pero n realidad no...o o o! en realidad, todas las personas que trabajan en los subtes están muertas y no lo sabemos!!

(callate)

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:mangapunksai::blackrose:Ashe~Surun Keiju:blackrose::mangapunksai:
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:iconalhana-starbreeze:
Prefería lo del Minotopo xD

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.:*Alhana Starbreeze*:.

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:iconsurunkeiju:
yo también. (o no)

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:icondarthnightshade:
Ah, plagio!! D:

Nah, mentira :P

Está muy bueno... personalmente pensé que después del encuentro y cuando salías del subte era un potencial punto de finalización de la historia. Pero me gustó mucho más leer el trozo final, especialmente la descuartización del mito :P , me produjo cierto placer diría.

Por cierto, parece que todo el mundo escuchó el cuento ese de recoleta y la mina de la campera =P

--
"If history is to change, let it change!
If the world is to be destroyed, so be it!

If my fate is to be destroyed...
I must simply laugh!!"
- Magus
:iconalhana-starbreeze:
A mí no me produjo placer, fue tan triste enterarme la verdad xD

Me alegra que te haya gustado más ese final ^^ Porq es lo que todavía no me convence...

--
.:*Alhana Starbreeze*:.

Saving my pride, but losing my soul
:icondarthnightshade:
Creo que ese final lo hace más único.

La mayoría de las historias de ese tipo terminan con el personaje escé;ptico siendo convencido de una verdad mágica; por lo que este tipo de final hace que no sea uno más del montón, en mi opinión.

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"If history is to change, let it change!
If the world is to be destroyed, so be it!

If my fate is to be destroyed...
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- Magus

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February 10
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